Diálogo textual

«Nunca hay demasiados libros. Hay libros malos, malísimos, peores, etcétera, pero nunca demasiados.» Roberto Bolaño

A veces me sorprendo a mi misma apoyada en un codo, exactamente igual que el protagonista de Nocturno de Chile, ese que divaga y sueña. Mi Bolaño favorito siempre ha sido el de los cuentos, el breve, el que buscaba ganar concursos literarios para sobrevivir. Aquel que atravesaba la Alameda de la Ciudad de México y se acostaba en el pasto para observar o leer.

Mi aventura con Bolaño comenzó cuando aún rondaba los veintipocos años, en aquel entonces leí en algún suplemento ahora extinto que era un rebelde, que su adolescencia y juventud la pasó en La gran Ciudad de México (punto de identificación, de provinciana que llegó becada a estudiar a la “capital”). Lo que más llamó mi atención entre los detalles biográficos, fue su afición por caminar, por recorrer las calles a pie, le gustaba vagar y leer.

Conocer esos datos de Bolaño fue determinante para comprar un primer libro sin expectativas ni temores. Así fue como Llamadas telefónicas llegó a mis manos, lo terminé en dos días, y no podía dejar de reírme cuando me acordaba del cuento “El gusano”, pues no me esperaba la narración de un encuentro entre Bolaño y Jaqueline Andere, especialmente del momento en el que la famosa actriz toma entre sus manos el libro de “La caída” y pregunta “¿Cómo firmo, dijo, como Albert Camus o como Jaqueline Andere?” El síndrome de abstinencia al terminar el libro fue intenso.

A la día siguiente le pedí prestado algo de dinero a uno de mis mejores amigos para poder pagar la novedad: Putas asesinas. En esa época cursaba mi primer año en la Escuela de Cine y no tenía presupuesto para comprar libros, menos para pagarme dos Anagramas en la misma semana. (A principios de los 2000, un libro de Anagrama era incomprable para cualquier estudiante)

En mi cumpleaños 27 me regalaron Los detectives salvajes y ahí se detuvo mi contacto con los libros de Bolaño, la experiencia fue diferente y estaba interesada en otros autores. Pero la vida da vueltas y nadie imaginaba, ni siquiera yo, que en algún momento abandonaría lo audiovisual por los libros. En mi etapa editorial, el reencuentro con su literatura fue sorpresivo, trabajé junto al editor Ramón Córdoba algunos de los materiales de promoción para el lanzamiento que implicaba la transición de sus derechos de publicación al sello Alfaguara, en una colección que ahora lleva por nombre: Biblioteca Bolaño.

Cuando vi sus títulos en aquel plan editorial, recordé mi etapa de estudiante, de vaga y lectora. Lo primero que hice fue leer en PDF El espíritu de la ciencia ficción. Ahora trabajo en la librería donde merodeaba buena parte del día cuando faltaba a clases: “Una mañana, mientras buscaba un libro en la Librería del Sótano, vi que estaban filmando una película en el interior de la Alameda y me acerqué a curiosear.”

No he leído 2666, me intimida cualquier libro de más de 1200 páginas. Sin embargo entiendo que Bolaño es un escritor que debe leerse a lo largo de la vida para comprender mejor el punto de vista desde el que cuenta sus historias (donde es recurrente que un relato corto sea el germen de una novela o que dentro de una novela surja un cuento sobre un acontecimiento que no fue desarrollado).

Mientras hacía algunas tareas de lenguaje cinematográfico y me asomaba a la obra de este escritor y poeta chileno, una de las teorías del filósofo del lenguaje Mijaíl Bajtín cobró sentido: Bajtín sostiene que los textos dialogan entre sí y la literatura es entonces un diálogo infinito de textos y conciencias, independiente de la época en que éstos hayan sido creados, los escritos se alimentan unos de otros, se refuerzan y corren a la par para darle sentido a su existencia literaria. Así que continuaré mi diálogo textual con Bolaño hasta que logre llegar a la última página de toda su obra.

Por cierto, lo que Jaqueline escribió en la primera página de La caída fue: «Para Arturo Belano, un estudiante liberado, con un beso de Jaqueline Andere.»

 

América Gutiérrez