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Lo que sorprende de esta colección de cartones es lo fino del trazo y la descripción de los espacios. Ros se ríe en secreto de situarse a sí mismo con toda su cotidianidad en escenarios majestuosos que sí existen, pero en Nueva York, bajo techos altísimos y candiles garigoleados de salones versallescos, mientras el personaje sigue preocupado porque no se le vaya a olvidar pasar por el pan... ¿Cómo trasponer ese espacio de humor ligero del Harper's, del New Yorker o del Play Boya una vorágine de humor macabro como el nuestro? Ros lo hace muy bien y el resultado es la paradoja, no necesariamente mexicana, del esposo que llega a dar órdenes a casa y a pedir su cubita bien sudada, siendo que la esposa lo ha dejado sin calcetines y la casa vacía... ¿Eso es nuestro? ¿Es del mundo? ¿Así se ríen los japoneses también? Creo que sí. De ahí la fortuna del humor blanco de Bajar la guardia. A fin de cuentas, humanos somos y vergüenzas pasamos todos.

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