La filosofía tiene su propio vocabulario: algunas palabras sólo le pertenecen a ella y otras, más numerosas, las toma prestadas del lenguaje ordinario y les da un sentido más preciso o más profundo. Esto forma parte de su dificultad, pero también de su fuerza. Sólo es una jerga para aquellos que no la conocen o la utilizan mal. La filosofía no es propiedad de nadie. Es evidente que requiere esfuerzos, trabajo y reflexión. Sería absurdo combatir el oscurantismo con la oscuridad, o el miedo con el terrorismo, o la estupidez con el esnobismo.

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