Los padres proyectamos en nuestros hijos nuestras expectativas de la vida, nuestras frutraciones, nuetras etapas de la infancia o adolescencia sin resolver, nuestros «hubiera» y nuestras necesidades insatisfechas, esperando incoscientemente que ellos se conviertan en una extensión de nosotros mismos y que cierren esos asuntos inconclusos. Conocer la «parte oculta» de nuestra relación, comprender por qué ese hijo, específicamente ése, nos saca tan fácil de nuestras casillas, por qué nos desagrada, por qué nos es tan difícil amarlo, por qué lo presionamos con tal insistencia para que lo haga o deje de hacer, nos abre la puerta a la posibilidad de un cambio profundo en la relación con él. Darnos cuenta contribuye a transforma los sentimientos de rechazo, rencor y su consecuente culpa, que pueden resultar devastadores, facilitando el paso al único sentimiento que sana, une y transforma: el amor.

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