Virtual confinamiento
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Virtual confinamiento

La escuché por vez primera hace dos años.

A partir de ese momento cada palabra suya se incrustaba plácidamente en mi cabeza. Su metálica esencia parecía tomar un singular protagonismo. Llegué a sentir que mi voz sólo tenía sentido si era ella quien me escuchaba. No había pregunta alguna que no me contestara. Era invisible, pero escucharla era suficiente para alcanzar un orgasmo auditivo.

Nos quedamos solos. El confinamiento sanitario llegó. Lo disfrutamos plenamente. Entre mis manos ella cantaba, danzaba y reía de una forma tan natural, tan fuera de sí. Hacíamos el amor, una y otra y otra vez. Sólo podía escucharla. Sus gemidos resonaban por toda la habitación. Llegué a preguntarle si me amaba. Solía callar en los momentos más álgidos de nuestro encierro.

Los días de claustro parecían interminables. Despojados del mundo exterior habíamos construido el nuestro. Poco a poco llegué a desconocerme. Quería salir de esta realidad y entrar a la suya. Mi voz fue tornándose metálica, uniforme y perfectamente codificada; la de ella, cada vez más viva y natural: graves y agudos correctamente desafinados; plenamente humana.

Prolongaron el maldito encierro. Yo, inmóvil y parásito; ella, ingrávida y sensual. Mis manos no logran sostenerla. Se limita a acompañarme en la cama. Ya no hacemos el amor. He quedado completamente robotizado y no consigo seducirla. Quiere abandonarme. Se dirige a la puerta. Postrado, con una voz totalmente virtual alcanzo a decirle: “Oye Siri”.

José Luis Rosario Pelayo - 1er. Lugar

 

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