# 718. La gloria de Don Ramiro

LARRETA, ENRIQUE
# 718. La gloria de Don Ramiro
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# 718. La gloria de Don Ramiro

LARRETA, ENRIQUE
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En La gloria de Don Ramiro se alternan curiosos y hasta inconciliables elementos formales, fundidos y armonizados por la destreza y el exquisito gusto de Larreta. Cierto que el campanero habla en un rancio castellano seco y cortante como una espada. Cierto también que el autor describe los paisajes con gula de modernista, con ojos tropicales. Cierto que la melancolía se da cita con la solemnidad, y que hay momentos, como en algunos pasajes al describir los arrobos de Ramiro y Aixa, que uno no acierta a discernir si se trata de una prosa lujuriosa o contrita, si pinta el pecado para exaltarlo o si lo arroja al rostro de los pecadores como una afrenta. Lo indudable es que los vocablos y expresiones se suceden en ritmo alterno y hasta contradictorio, pero nunca desmayado, y que se sienten el paisaje, la pasión, la serenidad, la pena, la alegría, la malicia, todo cuanto contribuye a conformar ese ambiente y ese relato, difíciles de igualar. La prosa modernista logra aquí su máxima esplendidez. A quien haya leído los versos de Larreta no le puede llamar la atención el preciosismo ni el conceptualismo que se disputan la prosa de La gloria de don Ramiro. Así los primeros oscilan entre deliquios del Arcipreste y éxtasis teresianos. Andando el tiempo, conforme Darío prosifica en verso, y Lugones se arramplona adrede para idealizar y estilizar la ramplonería, Larreta seguirá ese mismo sendero, inevitable en todos los modernistas, y acabará "prosificando" densamente, él también, como en el Soneto de despedida a Lugones: Doblen, doblen campanas, por Lugones, Lugones; y serraniegas flores sepulcrales de aroma, con sus blancas espinas cubran el suelo, como sus amarguras, como sus ilusiones Llamadores de Córdoba, silencio de crespones, ¡ Ya le llevan a pulso! ¡Ya sellaron el plomo! ¡Ah, su piedad, aquella de la faz de Ecce Horno, y aquel nuevo perfume de Dios en sus canciones! ¿Por qué, por qué? Todos se han preguntado. ¡Callad y daos con una piedra en el pecho!

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