La piedra y el exilio
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Se habrá dicho no sé cuántas veces, “un libro encuentra a su lector”. El viejo Ezra Pound sentenció alguna vez: A un libro se le conoce, conociendo a quienes lo leen. Esto de cierto modo emparenta en intensión e intensidad con La piedra y el exilio, donde el verso se teje libre y sereno. Natural, como si fuera silbido de viento que sacude y da calma; pues, pocas veces son las que un lector llega a mirarse ya no de frente sino en lo profundo del verso que lo habita, sucede entonces lo mágico, el libro reclama su lectura. Esto que cuento se da precisamente con el encantamiento entre el lector y el libro. Imagínese a mí, el lector, y usted el viajero esperando en un andén a que llegue el destino, para trepar a él y continuar con la marcha de la vida, mirando a través de la palabra del poeta, los paisajes del interior que van sucediéndose unos a otros, hasta la multiplicidad de ser en uno todos nosotros. A Ofelia Pérez-Sepúlveda la conocí en la inclemencia, pero ahí estaban sus versos, y me hice de ellos porque yo también como ella tengo gritos y culpas y a veces también escucho a mi madre en portentoso canto, y sueño entonces que doy a probar un caldo para que sane y duerma, e imagino que Dios nos ama porque en el cielo, vuela un cometa y yo corro a abrazarlo y no hay demonios sino un corazón, de hermosa niña. Es esto, y aún más, la poesía de Ofelia Pérez-Sepúlveda, un canto, la orilla de la carne, en otras carnes, es un pasmo gozoso, de casi placer infinito, un constante advenimiento de mí mismo, como lo será de usted: Porque tanto va el minero/ a sus infiernos/ que acaba entre la lumbre y se disuelve. Y quizá a mí, se me conozca por la lectura de este libro, porque los hay sin fin, porque los hay eternos. Esteban Ascencio.

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