Un país, Omorca, rodea el cuerpo imantado de un niño: William Pescador, quien a su vez circunda y explora ese territorio laberíntico, que se confunde y se precisa en los confines de una inteligencia temeraria. El niño es a la vez un demiurgo y un aventurero, cuya imaginación traza redes vertiginosas en el espacio, el tiempo, las genealogías, el mundo de los muertos, el ajedrez, los misterios banales e hipnóticos de la sexualidad, las guerras diminutas del hogar y la calle. Todo lo hace para entrar en la vida como si ésta fuese una conjura ritual de poderes adversos y él un botín deslumbrante y minúsculo. El tesoro de los mitos y la relojería doméstica coexisten en su borroso proyecto, que gradualmente se revela como un estremecedor viaje iniciático. William es una figura entrañable, equidistante de las fábulas infantiles y de las leyendas medievales más profundas. En la brevedad de esta novela nada falta, increíblemente: dejará en los lectores la impresión de una saga inmensa.

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